COLUMNA DOMINICAL
LA GRAMÁTICA DE LA IMAGEN
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Las preguntas deberían tener un margen muy largo de tiempo para su respectiva respuesta, ¿No le parece? Nunca debe ser demasiado tarde para alguna respuesta. Lo he descubierto hoy, casi diez años después.
Últimamente he venido cultivando un nuevo hábito, una nueva costumbre: Hablar con los ausentes. Los ausentes ya han hablado, han dejado su aporte y su legado. Lo que realmente hago es traerlos a este tiempo, sacarlos del estancamiento temporal, del olvido que representan sus épocas. Darles una forma de contemporaneidad para que no sean un olvido definitivo, para que no se marchiten, no se desgasten, no se llenen de polvo ante la implacable certeza que es el tiempo. Lo hago por medio de una respuesta.
¿Recuerda la casita del programa de desarrollo estudiantil? ¿La que quedaba detrás del edificio OP? ¿La casita que nadie conocía?
Allí nos encontramos para hacer nuestras prácticas profesionales. Ustedes eran dos, yo estaba solo. Aun así, no podemos contar a Nasly, ella estaba en otro cuento. La conocí llorando por un amor que la dejó, la olvidó y la cambió por otra. Ella solía llorar de la peor manera posible: en silencio y a escondidas. Creo que lo hacía por vergüenza. Sin embargo, era inevitable no enterarse de su llanto. Sus ojos, sus ausencias, su aislamiento y secretismo la delataban, además de las repentinas huidas de la oficina. Así de grande era su sufrimiento. Ahora que lo pienso mejor, ella no escondía su llanto, escondía su sufrimiento, lo que es peor aún. Siempre me pareció curioso que una psicóloga llorara por amor. Me refiero a esa manera tan dolorosa, dramática y un tanto absurda. Su actitud me demostró que amar es un riesgo, en muchas ocasiones no correspondido. De igual forma, me parecía algo injusto que alguien sufriera tanto por amor. ¿Qué había hecho Nasly para tener que pagar con tanto sufrimiento? Según ella, todo lo contrario. Lo había dado todo, lo había entregado todo. El amor era algo injusto.
—Ciertamente, pero no conocemos las motivaciones de la otra persona —dijo usted un día.
La manera de sufrir de Nasly ponía en tela de juicio todo lo que yo creía saber y conocer sobre el amor.
¡Y yo que creía haber amado!
Era increíble. Que un único sentimiento tuviera la capacidad de llevarte a lo más alto, a la vez que a lo más bajo. En este sentido, uno se pregunta si realmente el cielo y el infierno no están aquí, en este suelo que pisamos, en el aire que respiramos, en este mundo que todos compartimos.
¿Recuerda cuando nos sentábamos en la oficina a hablar cuando nadie nos supervisaba?
Hablamos de muchas cosas. Curiosamente, he venido leyendo a Joan Didion. ¿Conoce a Joan Didion? Ella tiene un ensayo llamado Por qué escribo. Creo que el título del ensayo habla por sí mismo. En su explicación, ella menciona cierto suceso. Muy curioso, si me permite el atrevimiento. Lo llama Aura de reverberación. Un suceso prácticamente mágico en el cual un gato (según el ejemplo explícito de Didion), se combina con el fondo vital. Unen y mezclan sus iones como un proceso de interacción para formar lo que ella denomina la gramática de la imagen. Didion aclara que este tipo de percepción e interacción entre los objetos es muy común en los consumidores de alucinógenos. No sé si ella tomaba algún tipo de alucinógenos. No he encontrado ninguna referencia que lo asegure. Sin embargo, no sería extraño que así fuera. Lo que me sorprende es que lo explicara de esa manera tan clara y precisa, como si lo hubiera vivido y experimentado de primera mano. Lo digo ya que esta mención me hizo recordar una de esas tantas conversaciones que tuvimos. Cierto día, estábamos perdiendo el tiempo en la oficina. Cada uno en su respectivo espacio. Se supone que cada uno andaba en lo suyo. La verdad es que no teníamos mucho trabajo que hacer. Supongo que estábamos en internet, perdiendo el tiempo y dejando que pasara. Ya que nuestros espacios eran inmediatos, amenizábamos el rato con comentarios sueltos referentes a cualquier trivialidad que encontrábamos en internet. Ya sabe, un comentario va, un comentario viene.
—¿Qué le parece esta mujer? —me preguntó usted.
Me incliné en mi silla para llegar a ver la pantalla de su computador. Allí aparecían una serie de imágenes de una mujer. Teóricamente joven, cabello no muy corto, pero tampoco muy largo, delgada, el rostro fino, unos labios expresivos y una mirada penetrante que parecía indagar más de lo necesario en quien la miraba. Parecía modelo. Seguramente era modelo. En algunas imágenes aparecía con grandes auriculares y manipulando esas populares tablas de mezclas de música electrónica.
—No está mal —recuerdo que le dije.
—Es lo más cercano que tengo a un amor platónico.
—¿Quién es?
—Nina Kraviz. Una DJ rusa.
—Ahhhh
Inmediatamente usted buscó en YouTube y reprodujo un video de un festival de música electrónica en el que ella se presentaba. La imagen me pareció muy curiosa. La mujer llevaba puesto un vestido negro de pequeñas flores blancas. El vestido parecía ser una prenda para una mujer “mayor”, hogareña, tal vez de una zona rural. Era un vestido que una mujer suele usar para ir de picnic, o para estar en casa. Un vestido para acompañar una charla un domingo en la tarde, o para dedicarse a pequeñas y ligeras labores en el hogar. Un vestido que se puede usar para ir de compras o recoger a los niños en la tarde. No es que sea un experto o especialista en el uso de los vestidos, pero ese vestido en particular me daba esa sensación. Aunque era un vestido relativamente corto, tenía un efecto muy particular en aquella mujer. Ver ese vestido en una mujer joven, sexy, DJ, en un festival de música electrónica era un tanto paradójico. El vestido se salía de contexto. De igual forma, no parecía ser favorable para la mujer. No por la mujer en sí misma. Lo que quiero decir es que esperaba otro tipo de “atuendo” para una mujer en un festival de música electrónica, especialmente si está en el foco del público. ¿Por cuál razón? No lo sé, realmente. Seguramente se trata de una anticuada e injusta idea arraigada en la cultura. ¿Quién decide cómo se debe presentar una DJ ante su público?
El vestido, probablemente, tenía alguna intención, efecto o simbolismo que buscara contradecir esa idea. No lo sé. Tampoco se lo dije o se lo pregunté. No tenía ninguna idea de música electrónica. Si me lo preguntara hoy le diría que Paul Kalkbrenner es la referencia más cercana que conozco y escucho de música electrónica. Usted sabe bien que mi género musical es el Rock, que ha evolucionado al metal. Lo importante aquí es que la conversación no giró en torno a la música, ni a Nina Kraviz, ni al vestido, ni nada que se le pareciera.
Hablamos de fiestas de música electrónica. Mejor dicho, habló usted. Yo solo sabía que, en estos contextos, además de la música, proliferaban las “pepas”. Usted lo confirmó. Tal vez mencionó algunas referencias, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es la descripción de los efectos de estos estados alimentados por las “pepas” y estimulados por la música.
En una de estas fiestas, usted acudió con su pareja. Bebieron, bailaron y consumieron, en especial usted. Por una u otra razón, los efectos de los alucinógenos fueron mucho más potentes y efectivos aquella noche. Usted vivió los efectos, claro está, pero lo que más recuerdo de su relato fue uno de los síntomas.
—Yo veía el aura de la gente.
—¿El aura? —le pregunté.
Aparentemente, usted veía cierto “resplandor” que emanaba de la gente. No solo lo veía, también lo sentía. Los colores variaban según el aura, la intensidad y emitían cierta forma de “vibra”. Había auras oscuras, espesas y pesadas que emanaban una vibra incómoda. Otras eran de colores claros, brillantes y agradables. Esta sensación en un lugar lleno de gente fue mucho para usted. Se lo dijo a su mujer que, evidentemente, reconoció en usted un malestar lo suficientemente claro como para sacarlo de allí. Fuera del lugar de la fiesta, tuvieron una discusión. Ella se fue por su propia cuenta. Usted intentó seguirla, pero no pudo. El mundo era un lugar extraño, complejo y caótico. No podía hacer pie en él. Cayó al suelo. A partir de allí, usted experimenta una laguna mental. Amanece al otro día en la calle, con un mal sabor en la boca y un dolor de cabeza monumental.
—No sé cómo fui capaz de llegar a casa.
En su día, escuché su relato con una mezcla de sorpresa e incredulidad. Sinceramente, no sabía qué pensar. Nunca experimenté con alucinógenos, nunca lo he hecho. En este sentido, lo más normal y natural hubiera sido tomar su relato como una ficción antes que una realidad en sí misma. Sin embargo, no lo creía así. Mejor dicho, no lo tenía a usted como a un mentiroso. ¿Qué necesidad tenía para inventarse algo semejante? No, no eran inventos. Puede que, en algún momento del relato, decorara los hechos, pero algo me sugería que su anécdota era veraz. Ya que no tenía forma de verificarlo o confirmarlo, simplemente lo di por verdad. Ahora, casi diez años después, he encontrado la confirmación que su relato necesitaba. Efectivamente, lo que usted experimentó aquella noche no es un hecho aislado. Su experiencia parece una confirmación de lo que Didion dice en Por qué escribo. ¿No le parece?
Ahora bien. Lo que me sorprende es que ella lo describiera como lo hizo, como si lo hubiera experimentado por su propia cuenta. Ella lo describe, como ya se lo dije, de una manera muy concreta y veraz. Ciertamente ella lo ha experimentado, pero desde un contexto y una perspectiva totalmente diferente a la suya.
Una de las cosas que he descubierto a medida que la he venido leyendo es su capacidad para observar. Ante todas las cosas, Didion era una excelente observadora. Ella no miraba, como suelen hacer la mayoría de las personas, ella observaba. No solo las cosas, entendía significados, referencias, simbolismos, conexiones y vínculos. Cosas que la mayoría de la gente pasa por alto. Uno puede decir sin temor a equivocarse que Didion veía cosas que nadie más veía. Efectivamente, su capacidad para observar, en el sentido más estricto de la palabra, era contundente. Más aún, su capacidad para expresar todas estas experiencias por medio de una narrativa veraz, placentera y lúcida.
¿Cómo hacía Didion para ver lo que nadie más veía?
Ella habla de un gato y el fondo. Dice que el gato es el fondo y que el fondo es el gato. ¿Cómo puede entender esto una persona? Seguramente como una locura. ¿Es que Didion era una loca? Para muchas personas, seguramente lo sería, por el simple hecho de transformar esa realidad en la cual todos estamos atrapados. ¿Cómo describe la gente aquello que no entiende? Como locura, así de simple.
Que Didion llegara a desarrollar una forma de observación tan aguda que simula la experiencia de las personas que consumen alucinógenos me parece algo fascinante. Es una característica que parece muy lejana e irreal para nuestros tiempos. En primer lugar, por el hecho de que requiere una alta capacidad de atención y concentración. Dos cosas de las cuales el mundo carece hoy más que nunca. Una cosa es ver algo y otra muy distinta es percibirlo. Ciertamente, este tipo de percepción necesita algo más que simplemente una imagen visual; atención, memoria, intuición, comparación, interpretación, imaginación y quién sabe cuántas cosas más. Así que para percibir como Didion lo hacía se necesitan muchas cosas. Para entender, leer y descifrar el mundo como ella lo hacía, como un “drogadicto”. A este respecto, parece que habláramos de un super poder: la capacidad de observar y percibir más allá de lo relativamente obvio. Aun así, uno se entera, después de leerla, que lo que sucede es que Didion “vivía” lo que veía. Ella sentía el gato, sentía el fondo. Sentía los contrastes de las formas, los colores, la intensidad, las vibraciones, la particular reverberación de la que ella habla.
¿Qué hacía a Didion diferente de todos nosotros para llegar a desarrollar esa capacidad?
No mucho, la verdad. Todos y cada uno de nosotros contamos con las mismas capacidades. Sin embargo, la diferencia resulta en un abismo que marca la diferencia: la voluntad de ejercer y practicar dicha forma de observación y percepción. De igual forma, la cantidad de estímulos, perpetuos y simultáneos que rompen el estado de concentración es inaudito. Resulta entonces una cuestión de elección. Hay quienes eligen el alimento diario de dichos estímulos, hay quien prefiere concentrarse en el gato preparándose para su siesta vespertina. Haber quién es capaz de reconocer las vibraciones entre el gato y el fondo.
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
